
EL SECRETO DE SUS OJOS
Por Miguel Mateo Tomás Vilar
No sé como lo ha hecho pero lo ha vuelto conseguir. A eso le llaman Talento y siempre pienso que se nace con Él. Así de simple: se tiene o no se tiene. Nuevamente Juan José lo derrama en su última Película. Y esta vez no se trataba de un toro fácil de lidiar, pero aún así, el Público de la Sala sale encantado de sin igual faena. Nuevamente Juan José se rodea de alguacilillos de primer orden: Soledad, Ricardo, Guillermo, Pablo y Javier. Y es que con semejante cuadrilla resulta casi imposible naufragar. Lejana ya su alternativa en el Mundo del Cine, Juan José consigue la Licenciatura máxima en su carrera. Todo queda perfectamente ubicado, desde el Paseíllo inicial, donde Juan José muestra lo que en un principio puede ser la vivencia de antiguos recuerdos, esa infinita nostalgia. Un olvido fijado en un intento frustrado de mirar hacia delante, hacia la puerta de los toriles, abandonando atrás el pasado. Y desde ese punto, uno respira hondo, profundamente, dejándose llevar en la plaza, entre la Comedia, la historia de Amor y el Thriller con mayúsculas. Los otras veces temidos flashbacks aquí resultan del todo indispensables a modo de tres pares de suerte de banderillas ejecutados a la perfección. Y entonces uno vuela en el tiempo de la mano de Juan José y recuerda el añorado toreo con capote sin necesidad de pasar por el terrible trauma de los picadores. Miras hacia los lados y empiezas a notar que el graderío de la plaza se empieza a entregar. Mientras, Juan José sigue a lo suyo en su diálogo y lucha con un animal que empieza a someterse. En la arena del ruedo comienzan a sucederse, entre embestida y embestida, una vil violación consumada, una trama policial perfectamente dosificada, sentimientos a flor de piel, trenes de una Vida que uno siempre quiso recuperar, tramas de corrupción que salpican el ruedo en un tuya y mía indescriptibles, un amor contenido, un interrogatorio a espada escondida y a contra pie del acusado, incluso chistes con comentarios geniales y una confesión en busca de perdón, pero nunca de olvido. Y es en ese preciso instante en donde se producen los tres toques de clarín para el último cambio de tercio, prepara Juan José su suerte suprema, la de alguien que sabe que no puede fallarnos y cumple su promesa: estocada honda y recibiendo. Silencio total entre los Espectadores. Atrás quedan recuerdos agolpados, recuerdos de soledad, injusticia, despedidas y reencuentros, melancolía, investigaciones, una letra “A” rellenada de historias de Amistad, borracheras necesarias, un ascensor que puede conducir al cadalso, la emoción de un repugnante crimen por fin resuelto, el sentimiento de una dictadura militar Felizmente lejana,… ¿el resto? Mozos y mulas de arrastre que no se atreven ni a pisar el ruedo, a riego de que se pierda la Magia de unos “ojos que hablan”, de un estadio repleto de pañuelos blancos, Justicia, Belleza, Obsesiones, Miradas, intuiciones, sextos Sentidos, odios pasados, venganzas presentes, castigos futuros, diálogos ácidos pero con mordiente, cafés perdidos, ausencias remarcadas en fotos que no se sostienen junto al tocadiscos,… La Presidencia no lo duda ni por un instante, además, el aforo a reventar se lo solicita. Los trofeos son máximos: dos orejas y rabo, una salida a hombros apoteósica, un graderío pegado a sus butacas, y ecos, ecos de voces que no quieres que te abandonen: las de Irene, Benjamín, Sandoval, Morales e incluso Isidoro, quedando todo reducido a una frase redonda y cierta: “uno puede cambiar de aspecto, de vida, de religión, hasta de Dios, pero no puede cambiar de pasión”. La mía es su Cine.

No hay comentarios:
Publicar un comentario